Hoy vi un clip que no me soltó en todo el día.
Un comentarista hondureño hablaba de lo malo que es nuestro presidente. Nada nuevo. En Honduras eso lo dice cualquiera: el taxista, la señora del mercado, el primo que llama desde allá. Lo que me quedó dando vueltas no fue lo que dijo. Fue lo que hizo mi cabeza después.
Porque mi cabeza no se queda en la queja. Busca la raíz. Y esta vez, sin pedirle permiso, me llevó a mi trabajo.
¿Por qué ratas?
A los políticos siempre les han dicho ratas. Casi siempre significa una sola cosa: que roban.
Pero esa palabra, usada así, ya no muerde. Se gastó de tanto repetirla.
Yo la uso por otra razón. Trabajo en control de plagas. Me paso los días debajo de las casas, con una linterna en la mano, siguiendo el rastro de animales que no quieren ser encontrados. Cualquiera puede poner una trampa y largarse; eso lo hacen los técnicos haraganes. Pero una trampa mal puesta no atrapa nada. Para sacar una rata de verdad, primero tienes que pensar como ella: por dónde entró, qué la atrajo, dónde duerme, qué la hace sentirse segura.
Después de años haciendo eso, uno empieza a reconocer el patrón en todas partes.
Así que te invito a hacer conmigo lo que hago en cada casa nueva. Una inspección. Solo que esta vez, la casa es Honduras.
Primero, escuchar
Cuando llego a una casa, el cliente siempre me quiere contar el problema. Yo ya lo sé; lo leí en mis notas antes de bajarme del carro. Pero lo dejo hablar. Necesita sacar esa preocupación de adentro. Oye ruidos en la noche. Hay un olor que no se va. Vio algo correr por la cocina y no ha vuelto a dormir tranquilo.
El pueblo hondureño es ese cliente. Lleva años oyendo los ruidos. Ya no duerme tranquilo. Y casi nadie lo ha dejado hablar.
Así que empecemos por ahí: el pueblo tiene razón en estar asustado. Ahora caminemos alrededor de la casa.
Conoce a tu oponente
Lo primero que le explico a cada cliente es contra quién está peleando.
La rata no es tonta. Es una de las criaturas más inteligentes con las que me toca trabajar. Conoce cada esquina de la casa, por dentro y por fuera. Sabe cuántas personas viven ahí, cuántas mascotas hay, dónde está la comida, dónde está el agua y dónde puede esconderse. Y todo lo que hace, lo hace con un solo objetivo: sobrevivir.
Por eso la respeto. Y por eso no la subestimo.
Ahora mira lo que he aprendido de ella. Y dime si no te suena conocido.
El sebo: el camino ya está marcado
Las ratas tienen el cuerpo cubierto de una grasa natural, el sebo, mezclada con feromonas. Cada vez que pasan pegadas a una pared o a una viga, dejan una mancha oscura. Con el tiempo, esas manchas se vuelven un camino.
Ese camino es un mensaje para las que vienen detrás: por aquí es seguro. Por aquí hay comida. Por aquí se entra.
Cuando le enseño esas manchas al cliente, siempre se sorprende. Nunca las había visto, y llevaban años ahí.
Así funciona la corrupción en mi país. El político nuevo no tiene que inventar cómo robar. No tiene que ser un genio. Solo tiene que seguir la mancha que dejó el anterior. El camino ya está marcado, y huele a "por aquí no pasa nada".
Por eso cambiamos de presidente y no cambia nada. No es que cada uno descubra la corrupción solo. Es que el sebo sigue en la pared.
Los dientes que nunca dejan de crecer
Los dientes de enfrente de una rata nunca paran de crecer. Por eso tiene que roer todo el tiempo: madera, cables, plástico, lo que sea. Si deja de roer, los dientes le crecen tanto que ya no puede comer.
La rata no roe porque tenga hambre. Roe porque su cuerpo se lo exige.
Así es la ambición del corrupto. No roba porque le falte. Roba porque nunca es suficiente. Ya tiene la casa, el carro y las cuentas, y sigue royendo. Es una necesidad que no se llena.
El hoyo que parece imposible
Una rata puede entrar por un hoyo del tamaño de una moneda. Un ratón, por uno todavía más pequeño. Cuando se lo digo al cliente, no me cree. Hasta que le enseño el hoyo, con la mancha de sebo alrededor.
Los vacíos de la ley son esos hoyos. El pueblo mira la ley y piensa que está bien cerrada, que ahí no cabe nada. Ellos ya encontraron por dónde pasar.
Pegadas a la pared
La rata casi nunca cruza un cuarto por el centro. Camina pegada a la pared, en la orilla, donde se siente protegida. Odia los espacios abiertos y la luz.
El corrupto tampoco hace sus cosas a la vista. Se mueve en las orillas: en los contratos que nadie revisa, en las reuniones a puerta cerrada, en los gastos que nunca se publican. La luz es su enemiga.
Desconfían de lo nuevo
Si pongo una trampa nueva en el camino de una rata, muchas veces no la toca por días. Desconfía de todo lo que no conoce. Tengo que ser más paciente que ella.
Por eso los corruptos le tienen tanto miedo a lo nuevo: a la transparencia, a las auditorías, a cualquier reforma que no controlen. Lo nuevo es una trampa, y ellos lo huelen.
Aprenden de las que caen
Si una rata se enferma rápido después de comer un cebo, las demás lo notan y ya no lo tocan. La colonia aprende.
Cuando atrapan a un político, el sistema no se asusta. Aprende. Los demás se cuidan mejor, cambian el método, borran mejor sus huellas. Cada uno que cae le enseña al resto cómo no caer.
El daño es más grande que lo que se comen
Esto es lo que más le cuesta entender a la gente. Una rata contamina mucha más comida de la que se come. Lo que no se lleva lo deja orinado, mordido o lleno de excremento. Y destroza el aislamiento, los cables y las tuberías.
Con los corruptos pasa igual. El problema no son solo los millones que se llevan. Es el hospital sin medicina, la carretera que se cae a pedazos, el agua que llega cada tantos días, el joven que se va del país porque aquí no hay futuro. El robo es una cosa. El daño es otra mucho más grande.
Se multiplican
Una pareja de ratas, en las condiciones correctas, se vuelve una colonia en muy poco tiempo. Por eso, cuando uno ve una, ya hay muchas más que no ve.
En el gobierno eso se llama nepotismo. Llega uno, y detrás de él entran el hermano, el primo, el compadre y el amigo de campaña. Cuando el pueblo ve a uno, ya hay una colonia completa adentro.
Son buenas en bienes raíces
A mis clientes siempre les hago este chiste: las ratas son buenas en real estate (bienes raíces). Nunca tienen un solo nido. Tienen varios, por seguridad. Si les quitas uno, se mudan al otro.
Nuestros políticos también. Una casa aquí, un terreno allá, una cuenta afuera del país. Siempre tienen un lugar a dónde correr.
Llevan generaciones aquí
Le explico a cada cliente que su oponente tiene experiencia. Esas ratas llevan generación tras generación viviendo en esas tierras. Conocen el terreno mejor que él.
Y siempre le hago el mismo chiste: "Si una rata nació dentro de esta casa, esta es su casa. Usted solo es el tenant (inquilino), aunque sea usted el que la está pagando."
Piénsalo con Honduras. El pueblo paga el país con sus impuestos, con su trabajo, con su sudor. Pero hay familias políticas que llevan décadas adentro y se comportan como los dueños. Nosotros pagamos la renta. Ellos viven en la casa.
La diferencia que más pesa
Hasta aquí todo se parece. Pero hay una diferencia, y es la que más pesa.
La rata hace todo esto porque es un animal y está sobreviviendo. No sabe que está haciendo daño.
El gobernante sabe lo que hace.
Y mientras el pueblo corre detrás del agua, de la comida que no alcanza y de la inseguridad en la esquina, no tiene tiempo de mirar hacia arriba. Esos problemas son reales. Pero también son la cortina. Una cortina maquiavélicamente bien puesta. Mientras el pueblo se desespera, ellos roban.
En mi trabajo lo aprendí temprano: nadie ve el daño que hacen las ratas hasta que levanta el piso.
Lo que siento como cristiano
Soy cristiano. Creo en la justicia de Dios, y la temo, porque sé que yo también voy a responder por mis faltas.
Por eso, cuando pienso en ellos, lo que siento no es odio. Es tristeza. No tienen idea de la condena en la que se están metiendo, ni de lo que eso puede traer sobre sus propios hijos y nietos, hasta el día en que se arrepientan.
No es tu culpa
A todos mis clientes les digo lo mismo al terminar la caminata: "Esto no es su culpa. Usted no sabía estas cosas. Si las supiera, no me hubiera llamado. Mi trabajo es enseñárselas."
Al pueblo hondureño le digo lo mismo. Nadie nos enseñó a reconocer el sebo en la pared.
Pero ahora que lo vimos, ya no podemos hacernos los que no lo vimos.
El hoyo
Cuando llego a una casa con ratas, lo primero que busco no es la rata.
Busco el hoyo por donde entró. Busco los árboles que le sirven de puente, los arbustos donde se esconde, la comida que alguien le dejó afuera sin saberlo.
Así que la pregunta que me quedó no es quiénes son las ratas. Eso ya lo sabemos.
La pregunta es:¿qué hay alrededor de nuestra casa que las deja entrar?
De eso hablo en el próximo episodio.
— Mizziu


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